REFLEXIÓN. Cuando aprobé la selectividad allá por el año (ya hace unos cuantos), el siguiente paso natural fue el de seleccionar la carrera universitaria en función de la nota obtenida y la de corte para poder elegir. Opté por una ingeniería y la topografía fue mi tercera posición en la «sábana de cincuenta carreras». Dos años antes, no sabía ni que existía la topografía como tal, sino es porque en la mesa común del mesón en el que ese día tocaba comer cocido de la misma olla, se sentaron dos topógrafos.
En la conversación comentaron que estaban midiendo las líneas eléctricas de alta tensión que discurrían por la zona.
Dentro de las opciones posibles de elección de carrera, opté por la topografía porque era la que tenía cabida como tercera después de arquitectura técnica y obras públicas. Yo prefería las puras de construcción antes, pero se apuntaron más solicitantes que plazas disponibles y yo me tuve que quedar con Ingeniería Técnica en Topografía. Y fui afortunado porque era una de las primeras y porque esos topógrafos de líneas eléctricas me llamaron la atención y el trabajo al aire libre me gustaba. Luego con los años, los derroteros y las circunstancias laborales, que ahora me encantan, me han encaminado a ser un topógrafo de oficina o «de salón», como digo en tono jocoso cuando me preguntan a que me dedico.
Y luego vino el primer año de curso en el edificio de Vallecas, Campus Sur de la Universidad Politécnica de Madrid. Según pasaban los días y formábamos amistades entre los compañeros descubrí que en su mayoría eran «rebotados» que se lo habían tomado como curso puente para al año siguiente empezar la carrera deseada y con algunas asignaturas convalidadas. Muy pocos si eran vocacionales y algun@s querían continuar la extirpe familiar de topógrafos e incluso los hubo que eran hermanos.
Cuando amigos y familia me preguntaban que estaba cursando, al decirles que era topografía, pocos eran los que la conocían y se iban al chascarrillo de si estaba estudiando a los topos. Los menos eran los que me decían que es lo de «hacer mapas». Y ya si habían tenido relación con la construcción de edificios o carreteras me hablaban que era lo de «mirar por el teodolito».
Afortunadamente estimo que con los años, eso se ha ido solucionando y la sociedad ya tiene más constancia de cuando ve a un topógrafo con un trípode o «un palo y una seta», saber que es un topógrafo con un instrumento de precisión para medir.
Pero aun así, no tiene fuerza para que al menos sea una opción de profesión como podría ser la de arquitecto, policía, médico o ingeniero de caminos. Es cierto que se está haciendo un esfuerzo enorme por llevar la profesión a los institutos, pero aún queda camino para recorrer.
Internet es un gran aliado y cada día hay más páginas que hablan de la Geomática y la Topografía en todos los idiomas, pero en mi opinión, el navegante neófito recela por verlas muy técnicas, con «palabros» que hasta que no se estudian, no se sabe lo que significan.
Queda recorrido por andar y las nuevas tecnologías ayudarán a hacer esta profesión más atractiva y no tan penosa de sufrir los rigores de la climatología, los relieves escarpados o las prisas de una obra.
Y así va siendo porque fuentes de la Escuela de Geomática y Topografía de Madrid me dicen que ya están cubriendo todas las plazas y tienen visos de aumentarlas para próximos años.
La Topografía es un arte de la medición con precisión muy antiguo y aunque ha sufrido el altibajo de la crisis del 2008 tiene futuro. El pasado, presente y futuro está en que el ser humano siempre ha necesitado conocer la posición que ocupa en el mundo y las dimensiones de lo que posee o le rodea. Pero al igual que comprende que la leche no viene del tetrabrik, tiene que saber que los soportes que le dicen coordenadas, ángulos, distancias y superficies funcionan gracias a que un equipo de topógrafos, en coordinación con otras profesiones, estuvo detrás para medirlo y calcularlo.
La reflexión está basada y ha sido gracias a la entrevista publicada por el «diario de La Rioja», el día 30 de junio de 2025 a Valerio Gonzalez de Mendoza, ingeniero topógrafo y vocal en ese momento de La Rioja Colegio de Topógrafos de España
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¡Felices mediciones!
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